miércoles, 8 de junio de 2016

JUANA BIGNOZZI



* JUANA BIGNOZZI, entrevista para Audiovideoteca de Escritores del 2005.



* Entrevista Pública a Juana  Bignozzi por su trabajo como traductora del francés y del italiano, realizada en 2011 por el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires.

* "JUANA DE CERCA". Por Mercedes Halfon para Radar Libros (Página 12), 2010.

Juana Bignozzi se ha convertido en un mito nada secreto de la poesía argentina. Pertenece a su mejor tradición amasada en los años cincuenta y sesenta, y también al presente de tertulias, casas de poesía, sesiones interminables de lectura. Y aunque se queja de que poco a poco quieren convertirla en estatua, es una de las voces más atentas a lo que está pasando en la trama poética de la ciudad. Después de la antología La ley tu ley, vuelve a publicar con el volumen si alguien tiene que ser después (Adriana Hidalgo). En esta entrevista, Juana Bignozzi repasa sus comienzos, el exilio, el regreso y su relación con los viejos y los nuevos poetas.

Juana Bignozzi vive sobre la calle Sarmiento, desde su ventana se ve la cúpula del Congreso (“hermosa de noche, cuando está todo iluminado”), en una cuadra en la que todavía no empezó el bullicio de Once, pero en la que sí terminó la anomia del microcentro. En qué otro lugar podría vivir ella, chica de barrio que se tomó el colectivo al centro y no volvió nunca más. Bignozzi nació hace setenta y tres años en Saavedra, en el seno de una familia obrera de militancia anarquista, vuelta PC con la llegada del peronismo a los sindicatos. Nada de su pasado en el Partido, ni de su infancia en Saavedra, ni de su arribo fascinado al centro donde se rodeó de amigos poetas –“mi entorno natural”–, queda afuera cuando se habla con ella, ni cuando se leen sus libros. Mujer de convicciones fuertes y formas de plasmarlas más categóricas aún, Bignozzi se muestra en su poesía como aquella muchacha, aquella mujer, que hoy burlonamente se autodenomina “Mausoleo de una generación”, y desde esa mordaz humorada, desde la pasmosa lucidez de una voz que se preocupó siempre por encajar con su edad, escribe.
Diez años después de que Adriana Hidalgo editara La ley tu ley, antología que iniciaba su retorno a la patria y que reunía buena parte de su obra hasta el momento, por la misma editorial sale su nuevo libro, si alguien tiene que ser después. Ni en el título hay una mayúscula. Lo mismo sucede adentro, donde la autora escribe sin un signo de puntuación, en lo que ya varios críticos designaron aplicado a ella como “un orden natural de la lengua”. Es que la propia poesía de Bignozzi se ocupa de eso al interior de los poemas: poner los puntos sobre las íes, jerarquizar lo que tenga que ser jerarquizado. Esa idea de orden y claridad, el tono conversado y algunos mitos personales, recorren su poesía desde, justamente, Mujer de cierto orden, con el que Bignozzi recortó su voz potente en los estertores de la década del sesenta.
Se hacía necesario entonces, casi imprescindible, un nuevo libro de Juana, que hace rato está de vuelta de forma definitiva en Buenos Aires, donde además de ser una figura clave para la poesía joven, una de las que más se rescatan de los sesenta –junto a Joaquín Gianuzzi y Héctor Viel Temperley–, es un personaje habitual en tertulias poéticas. Lejos de mantenerse en el fóbico Parnaso de los Grandes, Juana se describe como “callejera”, dice que cuando se descuida “está paseando, o en un restaurante”, lleva una vida mundana: va a lecturas en bares, centros culturales, minúsculas librerías, y, sobre todo, lee. Está enterada de todo lo que está pasando en poesía. Está en el centro mismo de la ciudad y la tormenta.
Mujer de cierta edad, Bignozzi se atreve en su nuevo trabajo a correr la frontera de lo que en su estética era decible. “Es un libro más libre que los anteriores, donde me animé a poner cosas que no me hubiera animado a poner antes. Vos a los veintiséis años no tenés una vida sobre la que reflexionar, son impresiones, fragmentos, emociones. Pero a una edad podés reflexionar sobre eso porque lo has vivido, tenés una vida bastante hecha a los 72 años. Por eso hay cosas que ya sé que las puedo decir y las voy a decir, porque sé que en última instancia, ya mucho no me importa, ya he perdido el miedo al qué dirán”, se ríe y aclara: “Tengo más claridad sobre los poetas que yo sé que van a quedar, las poéticas que no van ni a la esquina. No digo que esto sea verdad, pero bueno, yo ya tengo un código propio”.

LA MUJER, LA MADRE Y LA INFANCIA

Entre los elementos nuevos que aparecen en si alguien tiene que ser después, hay una sección integrada por poemas a su madre. Juana –voluntariamente– había evitado ese tópico, desarrollado tal vez en exceso por otra poesía de la que ella quiso diferenciarse. En uno de los poemas se lee por ejemplo: “No temas no seré lo que temiste que podría ser/ un último paseo mamma/ para por fin poder olvidarnos la una de la otra” y también: “Leo siempre en las poetas invocaciones a la madre/ y vengo a excusarme a decirte que aun hoy/ ya casi en el final/ no sé qué protección esperar más que/ los mitos que implacablemente me impusiste”. Ella cuenta: “Esos poemas no son muy nuevos, y nunca los publiqué porque nunca había podido estructurar un libro en cuatro partes. Y lo de mi madre era para un aparte dentro de un libro. Yo tengo poemas donde hablo de mi padre. Y muchas veces interpretaban lo de mi padre como si hablara de mi madre. Pero me di cuenta, y me di cuenta con horror, que yo no escribo de mi madre como escriben otras poetas, digamos eso de ‘madre amparamé’, sino que lo hago de una forma diferente. No quería que fuera una madre de esas que las hijas idealizan, que las guían hasta después de muertas. Eso no me convoca. Porque creo que además, esas madres han sufrido una dominación que la mía no sufrió. La madre acallada, frustrada, para gente de cierta edad, es la madre tipo.
No es el caso de tu madre.
–Mirá, muchas veces mis colegas dicen que escriben retomando la voz callada de la madre. En mi caso, a mi mamá había que acallarla. Lograr que se callara un minuto. Las mujeres de mi familia trabajaron toda su vida. Tanto mi abuela, como mi bisabuela trabajaron. Desde principios del siglo XX y antes también. Además mi padre tenía esa idea de mujer que a mí me marcó muchísimo, que sin duda le venía del anarquismo: un respeto total unido a una total exigencia de libertad; no concebía a una mujer que no trabajara y que no fuera independiente. Yo tampoco viví en mi casa esos disparates de los hombres que no hacen nada. Mi papá cocinaba, mi mamá odiaba la comida, o sea, cuando cocinaba él comíamos bien, cuando no, comíamos lo que le salía a mi madre, que hacía cada desastre, porque no le importaba, no se esmeraba. Yo me dedico a la cocina, ahí tenemos una diferencia con mi madre.
Vos decías que en tu casa te criaron como una “gobernanta” de tu vida. Algo que reivindicaron las mujeres en un momento, en tu caso se dio desde tu educación.
–Durante muchos años, ahora no, pero durante muchos años, me sentía abandonada. A mí me dejaban ir sola a las fiestas de quince, por ejemplo. Me decían volvete de tal manera. Y veía a los padres de las otras ir a buscarlas y yo tenía que volver sola. Estoy acostumbrada a que soy responsable de mí misma y mis acciones. Porque además mis padres me criticaban duramente, mis padres me podían decir “esta chica es tonta” si yo decía algo, y tal vez a los diez años era tonta. Estoy acostumbrada a una forma de persecución, en última instancia. Por eso muchas veces digo que es posible que yo haya hecho la vida de un hombre. Es posible que haya vivido como les enseñan a vivir a los hombres. Eso era muy raro en ese momento. Ellos tenían plena confianza en mí. Pero yo tenía tanto miedo de no hacer lo que había que hacer, que siempre hacía lo correcto. Me decían: vos sabés lo que tenés que hacer y durante años me preguntaba ¿qué será lo que tengo que hacer?

LOS HOMBRES, LA POLITICA Y EL DESTIERRO

Bignozzi apareció en el círculo de la poesía a fines de los años cincuenta, desde una clara filiación política. Su primera vinculación al medio fue con El Pan Duro, el emblemático grupo surgido en 1955 –año clave en el peor sentido– ligado al Partido Comunista, que proclamaba una poesía comprometida, situada, hecha en y para los lugares de conflicto. Allí conoció a otras figuras enormes como Juan Gelman y José Luis Mangieri. Algunos de sus poemas de la época se pueden leer en la Antología Personal, que editó la Biblioteca Nacional el año pasado.
–Eramos un frente de trabajo, no un frente de discusión estética, esto lo voy a decir siempre, era un frente de acción poética, leíamos, participábamos, sacábamos libros, pero no se hubiera podido hacer una revista, porque no sé si pensábamos lo mismo, o nos gustaban los mismos autores, eso no estaba en juego. Era acercar la poesía al pueblo, en otro entramado político donde se podían hacer más cosas. Yo he leído en comedores de familias, por ejemplo. Pero no había esa superabundancia que hay ahora, en ese momento leían dos personas o tres. Estaba el grupo Poesía Buenos Aires, El Pan Duro, y ahí se dividían las cosas, no había más. No había lugares tampoco, no había eso de que en cada cuadra tenés un centrito.
Vos dijiste en una entrevista que en El Pan Duro eras la única mujer, y que eso en ese momento no importaba, pero que ahora sí. ¿En qué sentido es distinto ahora que en los ’60?
–El Pan Duro eran todos hombres, sí, después mis amigos eran Gelman, Rivera, Portantiero, y yo nunca me sentí discriminada. Ellos eran machistas, no nos engañemos, pero era lo que yo llamo el machismo protector. No es el machismo que provocó este feminismo agresivo, porque las mujeres se sienten completamente enfrentadas. Yo me crié en un ambiente ideológico un poco estricto, esa ideología les impedía ser muy machistas, les salía lo natural, pero les impedía un poco porque éramos compañeros, ¿no es cierto? Yo ahora veo más machismo que en esa época. Por ejemplo, hay una tertulia de poetas, todos amigos míos, y uno dice, “Juana, ésta es una tertulia de hombres”. Y eso es algo que yo no voy a aceptar. Eso es algo que nadie en la época de El Pan Duro se hubiera atrevido a decir, siendo menos cultos que mis amigos de ahora, menos inteligentes y menos poetas. Porque no existía tanta distinción. Es decir, en esa época tampoco las mujeres hacían “Mesas de mujeres”. Eso a mí no se me hubiera ocurrido nunca. A menos que fuera un tema puntual, “el día de la mujer”, pero si no no sucedía, eran siempre mesas mixtas. No me gusta eso de hacer un ghetto, como fue el partido, como fueron tantas cosas, tengo mucha experiencia en ghettos, en mi infancia me crié en un ghetto, yo sé lo que es aislarse.
Aquellas preocupaciones políticas de El Pan Duro –alguna vez Juana separó entre una poesía política y una ideológica, y eligió quedarse en este segundo bando– no la han abandonado. Alejada de la acción, esa sensibilidad de izquierda destella en sus poemas hasta el día de hoy, de una forma compleja, ambigua, centrada más en una disputa interna que en una denuncia externa. “Una mitología se crea/ desde el sueño del poder/ desde los niveles bajos y devotos/ no desde aquellos que lo han ejercido”, dice en si alguien tiene que ser después. La idea de la derrota aparece como una laceración oculta detrás de capas de la más depurada ironía.
Por eso, luego de su experiencia poético-política de El Pan Duro, luego de publicar Mujer de cierto orden, luego de casarse con Hugo Mariani, en el año 1974, Juana Bignozzi abandonó el país. Y lo explica: “Nosotros nos fuimos porque pensamos que iban a gobernar los montoneros. Nos fuimos para volver en unos años, pero no pudimos. Por eso yo no acepto la palabra exiliada, acepto la palabra desterrada, apátrida. Nosotros dijimos esta fiebre montonera va a pasar, y en dos años o tres volvemos. Aprovechamos para estudiar algunas cosas que queremos en Europa. Desde luego no imaginamos lo que iba a pasar en los años siguientes. Había tantos golpes que pensamos que pronto iba a pasar, no que se iba a convertir en un exterminio sistemático”.
Esos dos o tres años se convirtieron en casi treinta viviendo en Barcelona, disfrutando y padeciendo a la vez, trabajando del oficio que ejerció toda su vida y sigue, más para no perder el hábito que por necesidad: la traducción.
–Trabajábamos y después viajábamos. Fui muy privilegiada en eso, teniendo en cuenta de dónde vengo, poder ver y hacer una preparación en pintura, que era lo que quería. Viajaba prácticamente todos los años a Florencia. Esas cosas no se pagan jamás. En eso sí, fui muy feliz. Lo que sí, no extraño ahora. Sería una locura haberme pasado treinta años añorando Buenos Aires y ahora extrañar estar allá. No volvería a España. He tenido posibilidades de viajar y no, ya pasé treinta años en mi vida, no pienso volver nunca más.
Su forma rotunda de cortar –con el barrio primero, con Argentina luego, con Barcelona después– no le impide llevarse consigo las marcas de las experiencias. El tiempo en Europa le permitió ver todas aquellas pinturas que se dan cita en los poemas de Quien hubiera sido pintada (Siesta, 2001) como viejos amigos, representantes de la Cultura, parte de esos mitos que le trasmitieron sus padres, y que ahora la rodean en su casa de Congreso. Entre originales del “verdadero falsificador de Dalí”, sillones-elefantes tallados traídos de Africa, máscaras compradas en Venecia, Bignozzi habla ahora de pintura.
–Parecería que yo leo los cuadros de una manera rara. Leo poemas de pintura de otros poetas y hacen lo que yo no hago, es como si yo los narrara de nuevo a los cuadros, sin tanto tecnicismo. Después de hacerlo me doy cuenta. Ahora estoy terminando un libro que no sé si se va a terminar porque hace diez años que lo estoy terminando, Las poetas visitan a Andrea del Sarto, para lo cual estudié mucho sobre manierismo, pero no es un libro técnico. Me doy cuenta de que hago otra cosa, miro como si el cuadro fuera mío, como si estuviera en mi casa.
A veces usás los cuadros para hablar de vos.
–Sí, es como si el cuadro y yo habláramos. Es una charla de dos personas, no de un artista y alguien que lo mira, o de dos artistas. Son dos personas. Logro a veces que la referencia no sea agobiante. Siendo que son poemas culturales, te están contando una época.
¿Y quiénes han sido tus poetas faros?
–Creo que como conducta poética, Tuñón. Yo nunca escribí como él, porque no puedo, por la edad, ni la época, la de él es una poesía muy de hombre. Después los italianos y algunos ingleses. Con los italianos aprendí mucho. Aunque no me gusten tanto como poetas, porque para mí son narrativos, excesivos, pero para mí te enseñan, porque dominan lo que quieren decir, no tienen miedo a ser narrativos. Hay cosas de Bertolucci que vos no llegás a diferenciar con la prosa. Pavese también. También leí durante muchos años a Ajmátova. Antes de los italianos, la leí mucho de joven. Pero no creo que haya tenido nada de ella, pero me gustaba mucho su vida, su actitud, la forma de haber encarnado su vida.
¿Comentás tus libros con alguien antes de editarlos?
–Normalmente lo hacía, ahora no tanto, por ejemplo en el último libro, unos cinco o seis poemas los consulté con Martín Gambarotta. El me dijo, habría que cambiar esta palabra, esta otra, y yo le hice caso, porque hago caso, no como la gente joven que a veces me hace leer algo y después no pone ni una coma de lo que dije. Helder me daba opiniones siempre. Me estoy quedando un poco sola en cuanto a consultar. Son pocos los poetas cuya opinión me interesa que estén vivos.
¿Con poetas de tu generación tenés diálogo con alguno?
–No, porque somos muy opuestos, muy diferentes.
Con José Luis Mangieri sí tenías intercambio
–Sí, él era un amigo del alma. Gracias a él sé tanto de poesía joven. Porque él seguía todo y me lo mandaba a España. El ha seguido editando a los jóvenes hasta el final. Hay libros fundamentales de la generación que hoy tienen cuarenta años, que son de Tierra Firme. Pero veo cuando voy a las reuniones, que me han puesto una cosa medio de estatua a mí. Y es lógico, muchos podrían ser hijos míos. Pero incluso amigos míos me dicen: Bueno, Juanita, vos ya podés hacer lo que quieras. Es como si hubiera pasado la rompiente ya. Y lo que viene es más calmo.

*  JUANA BIGNOZZI (1937-2015). Por Matías Capelli y Damián Selci

Miembro de la generación de poetas que irrumpieron en la década del sesenta, esta semana, a los 77 años, murió Juana Bignozzi, autora de una de las obras más sólidas y singulares de la literatura argentina contemporánea. A modo de homenaje, rescatamos una entrevista publicada en 2010 con motivo de la salida de su libro Si alguien tiene que ser después.

Juana Bignozzi es la mejor poeta de la generación del sesenta. Esto se debe probablemente a que los rasgos distintivos de su obra coinciden y no coinciden con los de la poesía aparecida en esos años. Bignozzi no es coloquial en el sentido de que represente la voz del pueblo, pero la claridad de sus textos alude a una oralidad culta, correcta, no artificiosa, definida más por las sutilezas de la selección léxica que por las torsiones de la estructura sintáctica. Bignozzi no exhibe una vena sentimental derivada de la idealización de la clase obrera argentina, pero no por eso el movimiento crítico-irónico de buena parte de sus poemas supone el fin de la ideología, la renuncia a los objetivos de la izquierda o la renegación de su militancia en el Partido Comunista. Bignozzi no escribe una “poesía política” en el sentido coyuntural o propagandístico del término, pero sí una “poesía ideológica” que representa la sensibilidad cotidiana de una persona que fue educada para hacer la revolución, tomar el poder y gobernar, no lo logró y sigue viviendo y pensando en el mundo que debía cambiar. Bignozzi no es nostálgica de las condiciones irrepetibles que la formaron como militante y como poeta, pero no por eso deja de identificar al enemigo en cada una de sus manifestaciones culturales. Mujer de cierto orden, Regreso a la patria e Interior con poeta (reunidos hace diez años por Adriana Hidalgo bajo el título La ley tu ley) representan los puntos más altos de una producción siempre buena que sucesivas generaciones de poetas han leído y siguen defendiendo. Es el dato central: Bignozzi, a diferencia de otros autores contemporáneos más conocidos, tiene lectores jóvenes. Su lenguaje no se gastó; por lo tanto, tampoco la percepción del mundo que incuba ni la potencia comunicativa que lo definió de entrada. Este mérito se duplica si consideramos que la poesía de Bignozzi incluye la polémica, la frase categórica y la bajada de línea, rasgos que en su último libro, Si alguien tiene que ser después (Adriana Hidalgo) se añaden a los temas del matrimonio, los padres, los amigos y los enemigos, ahora tironeados por una pregunta: si alguien va a “tomar la antorcha”, si habrá “después de una lucha otra lucha/ después de mi certeza otra certeza”.


En tu nuevo libro, ya desde el título, se advierte una mirada posada en el futuro así como una preocupación por quiénes van a sucederte. ¿En quién o quienes estás pensando?
Juana Bignozzi: Yo no tengo esta visión de que la historia o de que la izquierda se han terminado. Para nada. Como dice Toni Negri, mientras haya un “campo de la necesidad”, entonces, vamos a cambiar los nombres, pero no la lucha. No sé cómo se va a llamar. No tengo esa visión de la gente de mi edad que es de izquierda y dice “ay, los jóvenes de ahora…” Yo sé que hay, en algún lugar que no conozco, en un vacío al que le hablo, gente que de distinta manera va a retomar mis cosas. Gente que va a retomarme en su estilo, con los rasgos de su época. Gente que piense en la sociedad, que piense en estar en el mundo, después de toda esa onda poética de los últimos veinte años del retorno de lo peor de lo femenino de corte intimista. Yo me reconozco en chicas jóvenes, textos que yo no escribiría porque es otra superficialidad, otro mundo, pero que no están en su casa viendo cómo la olla larga vapor, algo que me parece un horror. Hablan del afuera, de su vida en el mundo. En eso tengo una confianza ciega. En que alguien va a haber.
En cuanto a poetas argentinas mujeres, ¿reconocés algún tipo de descendencia?
Creo que sí. Laura Wittner tiene algo. Es muy diferente, otro universo, pero ella tiene conmigo una afinidad. Y también Irene Gruss, por supuesto, que es mucho más joven que yo. Ella se reconoce como discípula. Y va a haber más. Lo que yo creo es que hubo un interregno. Yo hago poesía ideológica, y en las últimas décadas hubo una nada ideológica y esto se nota. También me gustó mucho el libro de Clara Muschietti.
Alguna vez hiciste una distinción entre la poesía política que no escribirías y la poesía ideológica de izquierda, que sí escribís…
Yo no tengo voz para la poesía política, no es que no quiera escribirla. Es muy difícil. En el mundo hubo poca gente que hizo buena poesía política. Nos guste o no, Neruda fue uno. Diría que la poesía política tiene en principio un sesgo proselitista, partidario, sirve para difundir una consigna de ideología aplicada. Eso lo logró Gelman a veces. Los brasileños han tenido una excelente poesía política. Incluso participan en las campañas electorales. Tienen esa relación con la política. Los italianos fascistas han hecho poesía ideológica, pero no política. Los rusos, sí, claro, después de la revolución. Ellos cantaban un proyecto, un Estado al que adherían, entonces podían.
El enemigo es un interlocutor importantísimo en tus libros. Esa gente que hace décadas te desprecia y a la que vos despreciás, ¿sigue siendo la misma hoy en día? ¿Quiénes son?
En principio los que tienen el poder, las distintas formas del poder. Toda la vida me preocupé tanto por el enemigo como por el amigo. Casi más por el enemigo, diría… Hay un conformismo en el que nunca caí, será porque me fui, porque estuve treinta años aislada. En homenaje a lo que creo, hay lugares a los que no voy por lo que para mí representan ideológicamente. Hay mesas en las que no participo. No cae bien que no participe en casi nada. Es lo último que me queda ahora que no tengo partido, que no tengo militancia. Esa cosa del “no somos todos buenos”, “no está todo bien”, eso molesta profundamente. Perdí amistades incluso. O eso de que porque sos mujer y escribís poesía, no podés estar en contra de otra mujer que escribe poesía. Es ridículo. Yo he sido una feminista avant la lettre. Las mujeres de mi familia trabajaron desde siempre. Y eso que no se me da por hablar de política… Todavía no me han dicho que es por la edad, pero ya me lo van a decir, en cualquier momento (risas).
¿Qué fue lo que te llevó a irte del país en 1974 con tu marido?
En principio nosotros nos fuimos por dos años. Por eso digo que no fuimos exiliados, sino desterrados. La idea era volver, pero nunca volvimos. Cuando muere Perón, estábamos seguros de que iba a gobernar Montoneros. “Se va a pasar esta furia montonera y podremos volver”, pensamos, pero después llegó la dictadura y ya fue imposible. Montoneros me parecía el horror. Desgraciadamente para mí, quisiera hablar en pasado, ese nacionalismo con olor a sacristía no va. Que después fue un movimiento que aglutinó a todos, que muchos lo consideraron la opción política del momento, lo entiendo, pero la base, los Abal Medina, los Firmenich, ese nacionalismo católico siempre lo detesté. Yo como comunista hija de anarquistas nunca los pude ni ver. Me toman el pelo ahora: te fuiste por los Montoneros y volviste con un gobierno montonero (risas).
¿Por qué nunca diste un taller literario? Incluso los denostás…
Taller de lectura, taller de historia de la poesía, sí; taller de creación, no. Una vez di un taller en la cárcel de Ezeiza, un año, hasta que me di cuenta de que lo que tenían que hacer esas chicas era terminar el primario, el secundario, aprender un idioma, no hacer taller de poesía. Si son poetas, ya serán poetas, qué más. La poesía no es algo que podés castrar, frustrar y matar. Una persona a solas en su casa escribe. Así de simple. Escribió Emily Dickinson con ese papá que tenía. Escribieron las Brontë con ese papá y en ese páramo, todas locas encerradas. Claro, si hace veinte años que das taller, después tenés trescientos alumnos que van a la presentación de tu libro, y que encima escriben todos como clones. Los talleres transmiten manías, cierta falsa seguridad sobre lo que la poesía es.
¿Hay lugar para lo religioso o lo místico en tu obra?
No. No tengo sensibilidad para eso y ninguna relación con la divinidad. Cuando hablo de trascendencia, es social, política, literaria. Y creo en esa eternidad, pero no tiene nada que ver con un sentimiento místico o religioso. Eso es por ser hija de mi padre, no me rozó lo religioso, y nunca me lo me cuestioné.
Cuando hablas de las ruinas de tu mundo, ¿tiene que ver con tu vuelta al país quince años más tarde?
Esa tristeza insalvable empezó cuando me echaron del Partido Comunista y me di cuenta de que no iba a vivir enla Revolución. Esofue en el 65, ahí empezó. Yo no iba a vivir enla Revolución, no iba a ser como la primera tractorista dela Unión Soviética.Ahí me volví una paria del Partido en el que había sido educada, preparada cuidadosamente, como militante de base. Ahí empezaron las ruinas. Esas son mis ruinas, más que la vuelta, cuando me encontré con un país que no podía saber si era mejor o peor de tan distinto que era. Todavía estoy medio tambaleando. Otro mundo, otra generación.
Ya desde el primer poema de Mujer de cierto orden se advierte un desencuentro con la acción que persiste en todos tus libros. ¿Fue una cuestión de temperamento o de circunstancias?
Se fue dando. Mis opciones políticas me fueron alejando de la acción. Yo había sido preparada para ser una militante, no para ser una guerrillera. A lo mejor si mi ideología hubiera coincidido con esa formación, hubiera terminado en eso. Pero no. Como mucha gente de mi generación –no todos– quedé exiliada de la acción, sin saber adonde ir. Nunca volví a encontrar una red de acción. Yo creo que hoy para militar, si no militás en algo filoperonista, no tenés dónde. Si a algo le tengo más rechazo que al peronismo, es a los radicales.

Si bien el Partido Comunista no hizo la revolución, a vos te permitió cierta emancipación individual y ascenso social. ¿Cómo viviste eso?
Es una cosa que llevo mal. Le pasa a todo intelectual. El intelectual practica cierta forma de la traición a su clase, su acción lo hace manejarse en otro mundo. Puede que no acepte los valores de ese otro mundo, no digo que se venda, pero el estatus social es otro, no hay duda. Como decía un jefe mío: “mientras no tenga que levantarme a las seis de la mañana para subirme a un andamio, ya estoy agradecido”. Yo viví muy bien, viajé por toda Europa como traductora. Ninguna chica que fue a la primaria conmigo hizo eso. Ninguna fue al secundario, salvo yo y otra compañera. Esa es la base, porque después la facultad, todo eso, ya lo manejás de otra manera. Ese es un privilegio que le debo absolutamente a mis padres, más que al partido.
Resalta muy llamativa la coherencia compacta de tu estilo. ¿Obedece a una construcción deliberada?
El estilo es producto de la autocensura. Y yo estoy siempre muy pendiente del juicio. El primer libro que no tiene tanta censura es este último, en el que me permito incluir poemas a mi madre, hablar de sentimientos, algunos textos sobre el matrimonio. Yo antes creía que eso te hacía patinar en la cursilería total. Incluso diría que mis primeras versiones siempre fueron muy cursis, largos poemas tipo cartas. Recién después logro escribirlos como los escribiría Juana Bignozzi (risas). Me he pasado la vida pensando “¿qué va a pensar tal?”, “¿qué va a pensar fulano?”. Tengo un superyó terrible, deben ser cien mil personas…
¿Cómo creés que te leen hoy los poetas más jóvenes?
Los peores son los de cincuenta y sesenta años. Ahí está más concentrada esa idea de la poesía de mujeres, de la sensibilidad, la olla haciendo “chus-chus”… Ahí tengo menos repercusión. Pero los de menos de cincuenta años, ¿sabés cómo me leen? Me leen con asombro porque estoy viva, en sentido poético. Les asombra que alguien del sesenta puro y duro como yo escriba algo que a ellos les interesa. La prueba para un poeta es si te leen los jóvenes. Que te lean los de tu edad y que no te lean los jóvenes, significa que tu primera eternidad está perdida. Cuando yo me muera, si no me está leyendo alguien de cuarenta, hay algo ahí que salió mal, que escribí para la nada. En los últimos años de tu vida escribís para el vacío.
¿Y vos estás al tanto de lo que se escribe?
Yo leo todo lo que me dan. Después hago tres pilas: una para quemar, otra para regalar y otra para quedarme…
¿Lees blogs?
Tengo cinco blogs que sigo, entre política y literatura. Sigo las peleas, que me encantan, son divertidísimas, y los comentarios…
¿Qué te pareció la antología de doscientos años de poesía argentina que acaba de salir?
¡Ese bodoque! Hay cada sinvergüenza ahí adentro. Depende del amor personal que le tuviera Jorge Monteleone. Además de ser una antología totalmente desinformada, porque los últimos libros no los ha leído. Monteleone dice “cómo no me acercaron los libros”. ¡Un antólogo sale a buscar los libros! La fecha de corte está puesta en función de incluir alguna gente amiga. Si llegás al 59, por qué no hasta el 60, y ahí ya tenés algunos poetas que tendrían que estar. Es arbitrario absolutamente; toda selección es un gusto personal, pero en las buenas antologías eso está suavizado. Esta es una antología absolutamente sentimental, con gustos personales discutibles a muerte, sobre todo la última parte. Hay de todo: pasás del diamante a las cenizas. No hace bien esa antología. Va a servir sólo para extraviar almas jóvenes. Un joven que se compre eso, se hace un barro en la cabeza. Encima es carísimo.
Hace más de veinte años, en Regreso a la patria, escribiste “sé que largué un bumerang que todavía no volvió”. ¿Ya volvió?
Yo nunca pensé que iba a tener este reconocimiento, estoy totalmente asombrada. Lo que me fascina es cuando alguien me descubre. Pero ese bumerang nunca termina de volver, el mundo lo va devolviendo más o menos rápido. A veces no vuelve con los grandes premios, los reconocimientos, que no es lo que me interesa…  Pero sobre todo ese bumerang que no volvió se lo lancé a alguien que va a tener que contestar. Yo siempre espero respuestas de otra gente. He tirado mis bumerangs contra unas cuantas cosas.

 


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