miércoles, 25 de junio de 2025

LA VOZ - Tamara Rutinelli

 

 

LA VOZ




Un día cualquiera

Habla por la radio una analista política. La conversación con otrxs periodistas discurre, a partir de la novedad que trajo el 18 de junio, sobre la estrategia del armado de listas para las próximas elecciones. Como si se tratara de apostar por un caballo en las carreras, se calculan medidas, se pesa, se tasa, se cuentan estadísticas. Es fundamentalmente una cuestión de marketing: el que mide más es el pingo ganador. La analista suena como la estratega de un juego de TEG, una profeta de lo mediocre. La rosca especulativa se bambolea orgullosa, exhibiendo su conveniencia. La antipolítica, pienso. Con obscenidad, un desfile de zombis viejos se pasea sobre la balanza, una nueva vuelta de tuerca a la berreteada política que nos trajo hasta acá.

Prefiero echarle nafta al fuego, seguir pensando la política en ese tejido afectivo que transforma las cosas en otras cosas que tal vez no son pero que pueden ser, que acercarme al escenario mezquino y sin amor de lxs especuladorxs. No entienden, no van a entender nunca, cómo se hace una pasión.


Miércoles 18 de junio

En Plaza de Mayo, la querida de la historia, miles de miles se reúnen. A las dos de la tarde irrumpe la voz. El altoparlante es la excusa que construye verosímil. La escena es mítica. Frente al régimen prolongado de la espera, su irrupción elabora un tiempo detenido, una instalación involuntaria, una foto viva. Porque de pronto como en el juego del semáforo cuando alguien grita “rojo!”, las cosas se aquietan, los cuerpos se inmovilizan, el pulso acelerado de la calle se detiene. La panorámica es del orden de lo fundacional. Como aquella otra del 25 de mayo de 1810 frente al Cabildo, que todos vimos con los trazos escolares de una escarapela en la fantasía de lo real: cierta, con la concisión de un dibujo. Todos quietos en la plaza, como gatos sorprendidos, electrizados los lomos por el fantasma de la historia, la boca entreabierta, el gesto interrumpido. La multitud permanece en silencio, vigilando las nubes, esas formas caprichosas donde leer el destino o adivinar el secreto de la voz. La plaza es un sembradío de cabezas, entre palos largos y banderas, manos sobre hombros, cabezas regadas como melones, charcos verdes, monumento y árbol. La plaza es el revés de un cementerio, con los emplazamientos regularmente vivos de tanto cuerpo emocionado. La emoción es el resultado de un transcurrir largo. La geografía nacional se convierte en la metáfora de una distancia temporal de pronto, plegada. La Quiaca y Ushuaia en un punto, es decir, dos siglos juntando dedo con dedo, haciéndose muecas a través de una ventana. La plaza tiene ese poder combustible, una carga eléctrica lenguaraz. La plaza es el magma terrestre, un punto de erupción energética, destituye la regla y el compás para afianzar en el mapa del tiempo una centralidad insobornable. Esta incorrección geográfica es ética, señala una aberración óptica. La verdad es del tiempo, no del espacio, parecen decirnos algunos lugares. Como si cayera del cielo un millón de bolitas de vidrio, la voz va brincando sobre las cabezas, esparciéndose a la redonda, más allá del último trampolín. En el interior de cada bolita, el futuro o su infancia. Esa voz está ahí para decirnos que lo que vemos no es lo real sino una confusión, que lo real apenas se entiende. Para entrarle es necesario usar la imaginación, ver lo que no está, poner pincelada sobre pincelada, ribetes, bucles y serpentina. El cuadro de lo real se inicia en el borde de la multitud, un final que no termina, con la voz que abre ríos subterráneos, que propulsa movimientos en el aire para siempre. Frente a los medios que lejos de mediar imponen, la voz restituye el pregón, esa voz pública original que acorta los caminos entre los pueblos. Pero la voz es para cada oreja, una y distinta. Es la voz de una mujer, como la voz de la madre para el niño por nacer. Es una escena mítica. La voz en el silencio, en esa voz estamos todxs.

Las miradas continúan sosteniendo la capota del cielo mientras suena en todas partes la voz como una música, sin punto fijo. Muchos ojos están empañados, muchos ojos reparten lágrimas. Hay un lenguaje común en esas caras que hablan en su mutismo las formas de la pasión popular. Como la pasión de Cristo, accidentada, pero festiva. Esas caras se engarzan con las caras de todos los pueblos del mundo. Hay abrazos y banderas flameando en ese silencio que amasa la voz. Es en esa música del silencio donde se mete la voz. Es una colmena ese silencio y la voz un millón de abejas zumbando en los oídos de la tarde. Es la voz que nos pone a bailar, la que desentumece los huesos calcificados, reanima las ideas moribundas. Sin esa voz, parece que damos vueltas como presos alrededor de nuestra domesticación. No se sabe si se oye la voz o es el silencio esa voz, pero por ella nos damos el permiso de callarnos para que hable por todxs. Se ríe, hace torsiones arrabaleras, exhibe el rollo caliente de una lengua plebeya, voz vivita y coleando. “Cachivaches”, dice. Es la voz vecina de un barrio cualquiera, balconeando con buena puntería. Las ventanas de los bares vibran al unísono bajo el golpeteo de las consonantes, retumban en los pasillos de la casa grande, la casa chicle. La voz es de la mujer, es la voz proscripta. Pero cómo se proscribe lo que no tiene cuerpo, lo que escapa a las facilidades de la imagen. La voz de catacumbas y de nubes, no se puede capturar, no se puede encerrar, no se puede ahogar, doblegar. La voz suena para siempre como si fuera el aire el que abre la boca y habla. Por fin. La mujer es la voz, la mujer proscripta, el cuerpo de la voz de la mujer proscripta. La democracia. La escena es mítica, fundacional. Es la escena de los ríos correntosos y largos de la historia, en la plaza más famosa. La mártir que no quiere ser mártir, patea los destinos tristes de la patria, aunque los hilos de la historia estén tejidos con barro y sangre y lágrimas, entre tanto cascabel, cascabelito. La voz de las cadenas rotas, la voz de la mujer de la plaza del pueblo de la casa chicle. Las cabezas de las miradas altas, la voz en todas partes. Esta voz es como el amor, medio ausente, en la seducción de lo opaco. Un amor a la medida de la multitud, de la historia. La escena del cuerpo mítico. Es esta una escena mediúmnica. A través del tablero de la plaza se hace contacto con la historia, con su más allá, el de la mujer proscripta. Otra vez. El cuerpo de todas las Evas. La Eva que habla, la madre de todxs. La voz de la plaza es la del fantasma que recorre Argentina. Es el amor y es la primera mujer. La voz mítica, la voz. Es la voz de la conciencia de la plaza de la historia de la casa chicle de la multitud. La voz es histórica y por eso pública, pero también es íntima, llama al amor, llama a amar en lo propio lo común. Escamotea su encarnadura, se vuelve una para todos y para cada uno, se singulariza en la fantasía sin cuerpo de la multitud. Es una escena mediúmnica y la plaza es el tablero. Esta voz es todas las voces de la plaza que supimos construir. Un recital invisible con el escenario entre las nubes.

La imagen se completa con otras: las procesiones hacia el esotérico San José 1111, el santuario de la calle, la silueta de una mujer enmarcada por una ventana en lo alto, que saluda. Cristina reúne santidad e historia, misticismo y política. Mezcla de Gilda, de Eva Perón, de la virgen María, es un mito, ese que funda futuro, que nos empuja hacia lo nuevo, hacia lo que todavía no tiene forma ni palabras. La voz del pueblo no es Crónica, es Cristina. Cristina es nuestra intérprete, es una ventana hacia el otro lado de lo real, eso que precisa del arte para ser adivinado, o del sueño. Cristina es el sueño del pueblo que habla. Cristina en los tímpanos del mundo. Cristina está ya más allá de la carne, más allá de Cristina, habita el inconsciente de la historia. 

 

Tamara Rutinelli