martes, 31 de mayo de 2016

AZUCENA VILLAFLOR


* "AZUCENA VILLAFLOR", DOCUMENTAL.


* "LOS QUE CAMBIARON  EL MUNDO: AZUCENA VILLAFLOR". Capítulo 8, dedicado a Azucena Villaflor, del programa "Los que cambiaron el mundo" emitido por Canal Encuentro

* Enlace para ver el capítulo dedicado a Azucena Villaflor, del Programa "Bio.ar", emitido por Canal Encuentro : http://www.encuentro.gov.ar/sitios/encuentro/programas/ver?rec_id=101547


* BIOGRAFÍA:

Azucena Villaflor fue una de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo. Quien, junto a otras madres, comenzó a reunirse en la plaza frente a la Casa Rosada reclamando la pronta aparición de sus hijos, secuestrados en la última dictadura militar. 
El 30 de noviembre de 1976, ocho meses después del golpe de estado, uno de sus hijos, Néstor, y la novia de éste, Raquel Mangin, fueron secuestrados. Tras el silencio de gobernantes y funcionarios, Azucena inició las marchas en la plaza.
Ante este reclamo, Villaflor también fue desaparecida por un comando liderado por el marino Alfredo Astiz. Fue mantenida en cautiverio en la Escuela de Mecánica de la Armada junto con otros activistas por los Derechos Humanos y compañeras de Madres.
Azucena fue asesinada y sus restos fueron reconocidos en el año 2005 por el Equipo Argentino de Antropología Forense, ya que había sido sepultada en cercanías de Santa Teresita como NN cuando hallaron su cuerpo en el mar.


* El 10 de diciembre en 1977 es detenida y desaparecida
Azucena Villaflor de Vincenti, fundadora de las Madres de Plaza de Mayo, Argentina.
Desde sus quince años (1940) trabajó en la Siam como telefonista y en ese pulmón obrero y metalúrgico vivió el 17 de octubre de 1945. Se casó en el 49 con Pedro De Vincenti y tuvo cuatro hijos: Pedro, Néstor, Adrián y Cecilia.
A principios de 1970, Néstor, uno de los hijos de Azucena, decidió convertirse en militante de la Juventud Peronista, en la Facultad de Arquitectura. Selló su destino y el de su madre. El 30 de noviembre de 1976 lo secuestraron junto con su novia, Raquel.
Fue en la sala de espera del Vicariato de la Marina donde, indignada por las burlas y la humillación a las que eran sometidos por los funcionarios de la dictadura, Azucena le propone a otros familiares comenzar a reunirse en la Plaza de Mayo para reclamar públicamente por la vida de sus seres queridos.
Varias de las mujeres estuvieron de acuerdo y empezaron a intercambiar teléfonos para avisar a otras familias. Algunas preguntaron qué iban a hacer en la plaza. "Nada -decía Azucena-, nada especial, aunque sea sentarse, conversar y ser cada día más", recordaba María Adela Antokoletz.
"Si Azucena tenía en claro algo - decía Nora Cortiñas- era que una organización de este tipo se podía construir si se daba participación, si se hacía entre todas. En primer lugar, la idea de organizarnos y reunirnos en la Plaza fue de Azucena, pero aparte, ella era una líder natural, que no hacía esfuerzos por imponerse a los demás ni pretender liderazgos, era como una gallina que nos cobijó a todas como si fuéramos sus pollitos... hasta cobijó a quien iba a ser su secuestrador."
Ese sábado 30 de abril a las cuatro y media de la tarde se reunieron por primera vez en Plaza de Mayo, como había impulsado Azucena Villaflor. Eran amas de casa, no sabían ni les importaba que estaban gestando la mayor epopeya ética de la argentina contemporánea. Catorce mujeres participaron el 30 de abril de 1977 de la primera ronda. Aquel fue el primer paso de Madres de Plaza de Mayo
En una audiencia, el dictador Harguindeguy (llamado Ministro del Interior) les advirtió que no podían seguir reuniéndose en la Plaza porque era peligroso y había estado de sitio. Azucena, que "era muy firme, le dijo se nos van a gastar las piernas, pero de la Plaza no nos vamos a ir". Cuando salieron de la Rosada, anocheciendo, las tres madres informaron a sus compañeras, el resultado de la reunión: nada. "Eran muchas las que esperaban, como sesenta. Quedó mucha tristeza y mucha indignación porque se siguieron burlando”.
La Marina argentina tomó la decisión de infiltrarse en ese grupo de mujeres que se juntaba en la Plaza de Mayo y que perturbaba la paz dictatorial, en algún momento de setiembre del siniestro año 1977. Designaron para esa tarea de inteligencia a un joven oficial llamado Alfredo Astiz quien se puso el nombre falso de Gustavo Niño Vela. Su coartada inicial fue que él vivía en Mar del Plata, que habían secuestrado a su hermano Horacio Eduardo el 25 de Marzo de 1976 y que su madre no podía venir porque estaba vencida de amargura, postrada.
Por eso, un mediodía de octubre -tal vez el día 16, tercer domingo de ese mes, Día de la Madre-, cuando familiares de secuestrados salían de una misa en la iglesia San Nicolás de Bari, sobre la avenida Santa Fe, alguien le tocó el hombro a Azucena Villaflor y le presentó a este joven, desesperado, que buscaba contactos para hacer algo por su pobre hermano. Lidia Moeremans, prima de Azucena, fue testigo presencial de este primer saludo
El día de la Virgen, el 8 de diciembre, estaban reunidas en la iglesia de la Santa Cruz. Astiz habría dado la señal y secuestraron a 8 personas, entre ellas, a la monja francesa Alice Domon, militante del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos. Azucena no estaba allí, salvó su vida apenas 48 horas.
Azucena Villaflor estaba en la casa de Chela y Emilio Mignone. Allí, en ese departamento de la avenida Santa Fe, se centralizaba la recolección de dinero y firmas para una solicitada que publicarían dos días después. Repentinamente, llegó María del Rosario de Cerruti y contó, desesperada, los secuestros que se acababan de producir en la puerta de la Iglesia de la Santa Cruz, en el barrio de San Cristóbal
Cuando el sábado 10 de diciembre se levantó temprano, maldormida, compró el diario con la solicitada publicada. Era un triunfo a pesar de todo. Volvió a salir de su casa antes de las nueve, a hacer compras.
"¿Qué querés almorzar, nena?", le preguntó a su hija Cecilia. Apenas movió la cabeza de la almohada para decirle que quería pescado. Con la bolsa y el monedero, Azucena fue hasta la avenida Mitre en busca del mercado, pero allí la interceptaron.
Azucena intentó resistir gritando y tirándose al suelo, pero los hombres fueron más fuertes y la cargaron a un coche. Así, el trabajo de infiltración de Astiz lograba capturar a la creadora de las Madres de Plaza de Mayo.
La metieron en "Capuchita" dentro de la ESMA, con su vestido de mangas cortas, atada y vendada. En las horas siguientes, ella descubrió que allí había otros detenidos y les preguntó sus nombres así, cuando la dejaran libre, avisaría a sus familias. También les dio el nombre de su hijo secuestrado por si alguien sabía algo de él. Pero casi no tuvo más tiempo. Antes de que pasara una semana la sacaron de allí, la subieron a un avión y la arrojaron al mar.
Los cadáveres aparecieron en las playas bonaerenses, a la altura de los balnearios de Santa Teresita y Mar del Tuyú, y según los médicos policiales que examinaron los cuerpos, registraron que la causa de la muerte había sido "el choque contra objetos duros desde gran altura". 
Las autoridades locales dispusieron de inmediato que los cuerpos fueran enterrados como NN en tumbas individuales en el cementerio de General Lavalle. 
En 2003 la intendencia de General Lavalle, a raíz de una investigación periodística de estudiantes de Periodismo de la Universidad de la Plata, informó de la existencia de nuevas tumbas NN en el cementerio de la ciudad.
El 8 de julio de 2005 el juez Cattani recibió el informe estableciendo que tres de los restos individualizados pertenecían a las dirigentes de las Madres de Plaza de Mayo: Azucena Villaflor de De Vincenti, Mary Ponce de Bianco y Esther Ballestrino de Careaga, secuestradas entre los días 8 y 10 de diciembre de 1977 cuando integraban el grupo de la iglesia de la Santa Cruz. 
Los dos cuerpos femeninos restantes identificados con posterioridad corresponden a la religiosa Leonie Duquet, secuestrada el 10 de diciembre de 1977 en Ramos Mejía y trasladada a la ESMA, y a Angela Auad, quien se acercó a las Madres porque tenía a su marido, Roberto Genovés, preso en el Chaco. 
En Diciembre de 2005, las cenizas de Azucena Villaflor fueron enterradas en la Plaza. De la ceremonia se encargaron su hija y otros familiares de desaparecidos. Los restos de Villaflor quedaron bajo azucenas blancas y claveles rojos, junto a la Pirámide y frente a la Casa de Gobierno.

(Fuente: http://www.heroinas.net/2012/12/azucena-villaflor-de-vincenti.html)

ALFONSINA STORNI


* "ALFONSINA STORNI", capítulo dedicado a la poeta argentina, del programa BIO.AR emitido por Canal Encuentro.


* "ALFONSINA STORNI: DISPUESTA A TODO". Capítulo 9 de "Historia Clínica", programa histórico con base en la historia y la medicina conducido por el historiador Felipe Pigna y el Dr. Daniel López Rosetti.


* DOCUMENTAL DE CANAL (á) SOBRE ALFONSINA STORNI


* Fragmento de la ponencia que Alfonsina Storni brindó en un encuentro que tuvo lugar en Montevideo, Uruguay, durante el verano de 1938, junto a sus colegas, la chilena Gabriela Mistral y la uruguaya Juana de Ibarbourou. En este fragmento, Alfonsina Storni recita su poema “Río de la Plata en arena pálido”.

* BIOGRAFÍA:

La familia Storni -el padre de Alfonsina y varios hermanos mayores- llegó a la provincia de San Juan desde Lugano, Suiza, en 1880. Fundaron una pequeña empresa familiar, y años después, las botellas de cerveza etiquetadas «Cerveza Los Alpes, de Storni y Cía», circulan por toda la región. Los padres de Alfonsina viajaron a Suiza en el año 1891, junto con sus dos pequeños hijos. En 1892, el 29 de mayo, nació en Sala Capriasca Alfonsina, la tercera hija del matrimonio Storni. Llevó el nombre del padre, de un padre melancólico y raro. Más tarde le diría a su amigo Fermín Estrella Gutiérrez: «me llamaron Alfonsina, que quiere decir dispuesta a todo».

Alfonsina aprendió a hablar en italiano, y en 1896 vuelven a San Juan, de donde son sus primeros recuerdos. «Estoy en San Juan, tengo cuatro años; me veo colorada, redonda, chatilla y fea. Sentada en el umbral de mi casa, muevo los labios como leyendo un libro que tengo en la mano y espío con el rabo del ojo el efecto que causo en el transeúnte. Unos primos me avergüenzan gritándome que tengo el libro al revés y corro a llorar detrás de la puerta». En 1901, la familia se trasladó nuevamente, esta vez a la ciudad de Rosario, un próspero puerto del litoral.

Paulina, la madre, abrió una pequeña escuela domiciliaria, y pasa a ser la cabeza de una familia numerosa, pobre y sin timón. Instalaron el «Café Suizo», cerca de la estación de tren, pero el proyecto fracasó. Alfonsina lavaba platos y atendía las mesas, a los diez años. Las mujeres comenzaron a trabajar de costureras. Alfonsina decide emplearse como obrera en una fábrica de gorras. En 1907 llega a Rosario la compañía de Manuel Cordero, un director de teatro que recorría las provincias. Alfonsina reemplaza a una actriz que se enferma. Esto la decide a proponerle a su madre que le permita convertirse en actriz y viajar con la compañía. Recorre Santa Fe, Córdoba, Mendoza, Santiago del Estero y Tucumán. Después dirá que representó Espectros, de Ibsen, La loca de la casa, de Pérez Galdós, y Los muertos, de Florencio Sánchez.

En sus cartas al filólogo español don Julio Cejador Alfonsina resume algunos momentos de su vida. Refiriéndose a esta época, le dirá: «A los trece años estaba en el teatro. Este salto brusco, hijo de una serie de casualidades, tuvo una gran influencia sobre mi actividad sensorial, pues me puso en contacto con las mejores obras del teatro contemporáneo y clásico (…). Pero casi una niña y pareciendo ya una mujer, la vida se me hizo insoportable. Aquel ambiente me ahogaba. Torcí rumbos…». Luego, en un reportaje de la revista El Hogar, contará que al regresar escribió su primera obra de teatro, Un corazón valiente, de la que no han quedado testimonios.

Cuando volvió a Rosario se encuentra con que su madre se ha casado y vive en Bustinza. La poeta decide estudiar la carrera de maestra rural en Coronda, y allí recibe su título profesional. Gana un lugar sobresaliente en la comunidad escolar, consigue un puesto de maestra y se vincula a dos revistas literarias, Mundo Rosarino y Monos y Monadas. Allí aparecen sus poemas durante todo ese año, y si bien no hay testimonio de ellos, sí sabemos de otros publicados al año siguiente en Mundo Argentino, y que tienen resonancias hispánicas.

Poeta en Buenos Aires

Al terminar el año de 1911, decide trasladarse a Buenos Aires. «En su maleta traía pobre y escasa ropa, unos libros de Darío y sus versos». Así, con nostalgia, evoca su hijo Alejandro la llegada. Pobre equipaje para enfrentarse con una ciudad que estaba abierta al mundo, con las expectativas puestas en esa inmigración que traería nuevas manos para producir y nuevas formas de convivencia. El nacimiento de su hijo Alejandro, el 21 de abril de 1912, define en su vida una actitud de mujer que se enfrenta sola a sus decisiones. Trabaja como cajera en la tienda «A la ciudad de México», en Florida y Sarmiento. También en la revista Caras y Caretas.

Su primer libro, La inquietud del rosal, publicado con grandes dificultades económicas, apareció en 1916. En un homenaje al novelista Manuel Gálvez, por primera vez en Buenos Aires, en esta clase de reuniones, aparece Alfonsina recitando con aplomo sus propios versos. En junio de 1916, aparece en Mundo Argentino un poema titulado «Versos otoñales». Aunque los versos son apenas aceptables, sorprende su capacidad de mirarse por dentro, que por entonces no era común en los poetas de su generación.

Al mirar mis mejillas, que ayer estaban rojas
He sentido el otoño; sus achaques de viejo
Me han llenado de miedo; me ha contado el espejo
Que nieva en mis cabellos mientras caen las hojas.

Sus amigos los poetas modernistas

Amado Nervo, el poeta mejicano paladín del modernismo junto con Rubén Darío, publica sus poemas también en Mundo Argentino, y esto da una idea de lo que significaría para ella, una muchacha desconocida, de provincia, el haber llegado hasta aquellas páginas. En 1919 Nervo llega a la Argentina como embajador de su país, y frecuenta las mismas reuniones que Alfonsina. Ella le dedica un ejemplar de La inquietud del rosal, y lo llama en su dedicatoria «poeta divino». Vinculada entonces a lo mejor de la vanguardia novecentista, que empezaba a declinar, en el archivo de la Biblioteca Nacional uruguaya hay cartas al uruguayo José Enrique Rodó, otro de los escritores principales de la época, modernista autor de Ariel y de Los motivos de Proteo, ambos libros pilares de una interpretación de la cultura americana. El uruguayo escribía, como ella, en Caras y Caretas y era, junto con Julio Herrera y Reissig, el jefe indiscutido del nuevo pensamiento en el Uruguay. Ambos contribuyeron a esclarecer los lineamientos intelectuales americanos a principios de siglo, como lo hizo también Manuel Ugarte, cuya amistad le llegó a Alfonsina junto con la de José Ingenieros.

Su voluntad no la abandona, y sigue escribiendo. En mejores condiciones publica El dulce daño, en 1918. El 18 de abril de 1918 se le ofrece una comida en el restaurante Génova, de la calle Paraná y Corrientes, donde se reunía mensualmente el grupo de Nosotros, y en esa oportunidad se celebra la aparición de El dulce daño. Los oradores son Roberto Giusti y José Ingenieros, su gran amigo y protector, a veces su médico. Alfonsina se está reponiendo de la gran tensión nerviosa que la obligó a dejar momentáneamente su trabajo en la escuela, pero su cansancio no le impide disfrutar de la lectura de su «Nocturno», hecha por Giusti, en traducción al italiano de Folco Testena

También en 1918 Alfonsina recibe una medalla de miembro del Comité Argentino Pro Hogar de los Huérfanos Belgas, junto con Alicia Moreau de Justo y Enrique del Valle Iberlucea. Años atrás, cuando empezó la guerra, Alfonsina había aparecido como concurrente a un acto en defensa de Bélgica, con motivo de la invasión alemana. Comienzan sus visitas a la ciudad de Montevideo, donde hasta su muerte frecuentará amigos uruguayos. Juana de Ibarbourou lo contó años después de la muerte de la poetisa argentina: «En 1920 vino Alfonsina por primera vez a Montevideo. Era joven y parecía alegre; por lo menos su conversación era chispeante, a veces muy aguda, a veces también sarcástica. Levantó una ola de admiración y simpatía… Un núcleo de lo más granado de la sociedad y de la gente intelectual la rodeó siguiéndola por todos lados. Alfonsina, en ese momento, pudo sentirse un poco reina».

La amistad de Quiroga, el escritor de la selva

En 1922, Alfonsina ya frecuentaba la casa del pintor Emilio Centurión, de donde surgiría posteriormente el grupo Anaconda. Allí conoció, seguramente, al escritor uruguayo Horacio Quiroga, que había llegado de su refugio en San Ignacio, Misiones, durante el año 1916. Su personalidad debió atraer a Alfonsina. Un hombre marcado por el destino, perseguido por los suicidios de seres queridos, que, además, se había atrevido a exiliarse en Misiones, e intentado allí forjar un paraíso. En 1922, era ya el autor de sus libros más importantes, Cuentos de la selva, Anaconda, El desierto. Vivía modestamente de sus colaboraciones en diarios y revistas y desempeñó un papel protagónico en el intento de profesionalizar la escritura. Alfonsina había publicado sus libros Irremediablemente (1919) y Languidez (1920).

La amistad con Quiroga fue la de dos seres distintos. Cuenta Norah Lange que en una de sus reuniones, adonde iban todos los escritores de la época, jugaron una tarde a las prendas. El juego consistió en que Alfonsina y Horacio besaran al mismo tiempo las caras de un reloj de cadena, sostenido por Horacio. Este, en un rápido ademán, escamoteó el reloj precisamente en el momento en que Alfonsina aproximaba a él sus labios, y todo terminó en un beso. Quiroga la nombra frecuentemente en sus cartas, sobre todo entre los años 1919 y 1922, y su mención la destaca de un grupo donde había no sólo otras mujeres sino también otras escritoras. Sin embargo, cuando Quiroga resuelve irse a Misiones en 1925, Alfonsina no lo acompaña. Quiroga le pide que se vaya con él y ella, indecisa, consulta con su amigo el pintor Benito Quinquela Martín. Aquél, hombre ordenado y sedentario, le dice: «¿Con ese loco? ¡No!».

Un nuevo camino para la poesía

En el año 1923, la revista Nosotros, que lideraba la difusión de la nueva literatura argentina, y con hábil manejo formaba la opinión de los lectores, publicó una encuesta, dirigida a los que constituyen «la nueva generación literaria». La pregunta está formulada sencillamente: «¿Cuáles son los tres o cuatro poetas nuestros, mayores de treinta años, que usted respeta más?».

Alfonsina Storni tenía en ese entonces treinta y un años recién cumplidos, es decir, que apenas bordeaba la cifra exigida para constituirse en «maestro de la nueva generación». Su libro Languidez, de 1920, había merecido el Primer Premio Municipal de Poesía y el Segundo Premio Nacional de Literatura, lo que la colocaba muy por encima de sus pares. Muchas de las respuestas a la encuesta de Nosotros coinciden en uno de los nombres: Alfonsina Storni.

Mil novecientos veinticinco fue el año de la publicación de Ocre, un libro que marca un cambio decisivo en su poesía. Desde hace dos años es profesora de Lectura y declamación en la Escuela Normal de Lenguas Vivas, y su postura como escritora está absolutamente afianzada entre el público y sus iguales. Por aquella época muere José Ingenieros, y esto la deja un poco más sola.

Hasta la casa de la calle Cuba llega una tarde la chilena Gabriela Mistral. El encuentro debió ser importante para la chilena, ya que publicó su relato ese año en El Mercurio. Llamó por teléfono a Alfonsina antes de ir, y le impresionó gratamente su voz, pero le habían dicho que era fea y entonces esperaba una cara que no congeniara con la voz. Por eso cuando la puerta se abre pregunta por Alfonsina, porque la imagen contradice a la advertencia. «Extraordinaria la cabeza, recuerda, pero no por rasgos ingratos, sino por un cabello enteramente plateado, que hace el marco de un rostro de veinticinco años». Insiste: «Cabello más hermoso no he visto, es extraño como lo fuera la luz de la luna a mediodía. Era dorado, y alguna dulzura rubia quedaba todavía en los gajos blancos. El ojo azul, la empinada nariz francesa, muy graciosa, y la piel rosada, le dan alguna cosa infantil que desmiente la conversación sagaz y de mujer madura». La chilena queda impresionada por su sencillez, por su sobriedad, por su escasa manifestación de emotividad, por su profundidad sin trascendentalismos. Y sobretodo por su información, propia de una mujer de gran ciudad, «que ha pasado tocándolo todo e incorporándoselo» (1).

El 20 de marzo de 1927 se estrena su obra de teatro, que despertaba las expectativas del público y de la crítica. El día del estreno asistió el presidente Alvear con su esposa, Regina Pacini. Al día siguiente la crítica se ensañó con la obra, y a los tres días tuvo que bajar de cartel. El diario Crítica tituló «Alfonsina Storni dará al teatro nacional obras interesantes cuando la escena le revele nuevos e importantes secretos». La escritora se sintió muy dolida por su fracaso, y trató de explicarlo atribuyéndole la culpa al director y a los actores.

Años de equilibrio

Alfonsina intervino en la creación de la Sociedad Argentina de Escritores y su participación en el gremialismo literario fue intensa. En 1928 viajó a España en compañía de la actriz Blanca de la Vega, y repitió su viaje en 1931, en compañía de su hijo. Allí conoció a otras mujeres escritoras, y la poeta Concha Méndez le dedica algunos poemas. En 1932, publicó sus Dos farsas pirotécnicas: Cimbelina y Polixene y la cocinerita. Está tranquila, colabora en el diario Crítica y en La Nación; sus clases de teatro son la rutina diaria, y su rostro empieza a cambiar. Las canas cubren su cabeza y le dan un aire diferente.

En 1931, el Intendente Municipal nombró a Alfonsina jurado y es la primera vez que ese nombramiento recae en una mujer. Alfonsina se alegra de que comiencen a ser reconocidas las virtudes que la mujer, esforzadamente, demuestra. «La civilización borra cada vez más las diferencias de sexo, porque levanta a hombre y mujer a seres pensantes y mezcla en aquel ápice lo que parecieran características propias de cada sexo y que no eran más que estados de insuficiencia mental. Como afirmación de esta limpia verdad, la Intendencia de Buenos Aires declara, en su ciudad, noble la condición femenina», afirma Alfonsina en un diario al referirse a su designación.

En la Peña del café Tortoni conoció a Federico García Lorca, durante la permanencia del poeta en Buenos Aires entre octubre de 1933 y febrero de 1934. Le dedicó un poema, «Retrato de García Lorca», publicado luego en Mundo de siete pozos (1934). Allí dice: «Irrumpe un griego /por sus ojos distantes (…). Salta su garganta /hacia afuera /pidiendo /la navaja lunada /aguas filosas (…). Dejad volar la cabeza, /la cabeza sola /herida de hondas marinas /negras…».

El 20 de mayo de 1935 Alfonsina fue operada de un cáncer de mama.

En 1936 se suicida Horacio Quiroga y ella le dedicó un poema de versos conmovedores y que presagian su propio final:

Morir como tú, Horacio, en tus cabales,
Y así como en tus cuentos, no está mal;
Un rayo a tiempo y se acabó la feria…

Allá dirán.
Más pudre el miedo, Horacio, que la muerte
Que a las espaldas va.
Bebiste bien, que luego sonreías…
Allá dirán.

El final

El veintiséis de enero de 1938, en Colonia, Uruguay, Alfonsina recibe una invitación importante. El Ministerio de Instrucción Pública ha organizado un acto que reunirá a las tres grandes poetisas americanas del momento, en una reunión sin precedentes: Alfonsina, Juana de Ibarbourou y Gabriela Mistral. La invitación pide «que haga en público la confesión de su forma y manera de crear». Tiene que prepararse en un día y, llena de entusiasmo, escribe su conferencia sobre una valija que ha puesto en las rodillas. Divertida, encuentra un título que le parece muy adecuado: «Entre un par de maletas a medio abrir y las mancillas del reloj».

Hacia mitad de año apareció Mascarilla y trébol y una Antología poética con sus poemas preferidos. Los meses que siguen fueron de incertidumbre y temor por la renuencia de la enfermedad. El 23 de octubre viajó a Mar del Plata y hacia la una de la madrugada del martes veinticinco Alfonsina abandonó su habitación y se dirigió al mar. Esa mañana, dos obreros descubrieron el cadáver en la playa. A la tarde, los diarios titulaban sus ediciones con la noticia: «Ha muerto trágicamente Alfonsina Storni, gran poetisa de América». A su entierro asistieron los escritores y artistas Enrique Larreta, Ricardo Rojas, Enrique Banchs, Arturo Capdevila, Manuel Gálvez, Baldomero Fernández Moreno, Oliverio Girondo, Eduardo Mallea, Alejandro Sirio, Augusto Riganelli, Carlos Obligado, Atilio Chiappori, Horacio Rega Molina, Pedro M. Obligado, Amado Villar, Leopoldo Marechal, Centurión, Pascual de Rogatis, López Buchardo.

El 21 de noviembre de 1938, el Senado de la Nación rindió homenaje a la poeta en las palabras del senador socialista Alfredo Palacios. Este dijo:

«Nuestro progreso material asombra a propios y extraños. Hemos construido urbes inmensas. Centenares de millones de cabezas de ganado pacen en la inmensurable planicie argentina, la más fecunda de la tierra; pero frecuentemente subordinamos los valores del espíritu a los valores utilitarios y no hemos conseguido, con toda nuestra riqueza, crear una atmósfera propicia donde puede prosperar esa planta delicada que es un poeta».

(Fuente: http://www.los-poetas.com/j/bioastorni.htm)

LOLA MORA

VER DOCUMENTAL: http://www.conectate.gob.ar/sitios/conectate/busqueda/encuentro?rec_id=106175

Dolores Candelaria Mora Vega, más conocida como Lola Mora, nació el 17 de noviembre de 1866. Es controvertido su lugar de nacimiento. Su cuna se la disputan Tucumán y Salta. Los salteños alegan que nació en El Tala, una localidad del sur de esa provincia, en el límite con Tucumán, donde vivían sus padres: un tucumano (Romualdo Alejandro Mora Mora) y una salteña (Regina Vega Sardina). Los tucumanos se basan en que fue bautizada en Trancas, en el norte de esa provincia y que ella siempre se reconoció tucumana.
Los padres de Lola se casaron el 16 de marzo de 1859 en la parroquia de San Joaquín de las Trancas. De esa unión nacieron siete hijos: cuatro mujeres y tres varones. Lola fue la tercera hija. Después de vivir once años en el pueblito de El Tala, sus padres se mudaron con su familia a San Miguel de Tucumán para darle una mejor educación.
A la edad de siete, Lola asistió al Colegio Sarmiento, donde se destacó como alumna. Durante el mes de septiembre de 1885, con diferencia de dos días, fallecieron sus padres. Lola tenía dieciocho años.
En 1887 llegó a Tucumán el pintor italiano Santiago Falcucci para dar clases en esa ciudad. Lola tomaba clases particulares del maestro, quien la inició en la pintura, el dibujo y el retrato. De Falcucci, Lola aprendería el neoclasicismo y el romanticismo italiano, que caracterizó su vida. Retrató a las personalidades de la sociedad tucumana de entonces. Así aprendió a relacionarse con el poder, mediante su arte. Lola entendía que la única manera de financiar sus obras era mediante encargos de los Gobiernos de turno.
Animada por su éxito, retrató al gobernador de Salta, Delfín Leguizamón, en una obra al carbón. Su trabajo resultó tan perfecto que su maestro Falcucci diría: "Era la copia de una fotografía, pero tenía todo de propio, de individual en la factura".
Para los festejos del 9 de julio de 1894, Lola pintó una colección de veinte retratos en carbonilla de los gobernadores tucumanos, desde 1853. El diario El Orden encomió su trabajo: "Es la obra quizás de más aliento de cuantas se han llevado a la exposición [...] Muchos de ellos son algo más que un retrato, son verdaderas cabezas de estudio, de franca y valiente ejecución". La Legislatura de la provincia adquirió sus obras en cinco mil pesos. Estas carbonillas se conservan en el Museo Histórico de la provincia.
Lola se había transformado en una celebridad en Tucumán. En julio de 1895 viajó a Buenos Aires en busca de una beca para perfeccionar sus estudios en Europa. El 3 de octubre de 1896 el presidente José Evaristo Uriburu le concedió a "Dolores C. Mora, durante dos años, la subvención mensual de cien pesos oro, para que perfeccione sus estudios de pintura en Europa".
Al año siguiente se instaló en Roma, como alumna del pintor Francesco Paolo Michetti. Conoció también al escultor Giulio Monteverde, el "nuevo Miguel Ángel", a quien le pidió que la aceptara, también, como alumna. Lola Mora había encontrado su vocación. En pocos meses progresó de tal modo que su nuevo maestro le aconsejó dedicarse exclusivamente a la escultura y la artista abandonó la pintura para siempre.
Lola se insertó naturalmente en los círculos artísticos y culturales de Roma, donde fue muy respetada. La escultura de un autorretrato de la artista, de mármol de carrara, exhibida en la Exposición de París, ganó una medalla de oro. La prensa argentina empezó a publicar sus trabajos, sus viajes por Europa, sus exposiciones y los premios recibidos.
Lola volvió a la Argentina en 1900, con un prestigio ganado. Tucumán le encargó una estatua de uno de sus hijos más notables: Juan Bautista Alberdi. Lola ofreció a la municipalidad porteña su obra más famosa: la Fuente de las Nereidas (un magnífico grupo escultórico con reminiscencias mitológicas romanas) para colocarla en la Plaza de Mayo. También acordó con Salta la fundición de estatuas y relieves conmemorativos para el Monumento del 20 de Febrero. Retornó a Roma y puso manos a la obra.
En agosto de 1902 Lola Mora regresó a Buenos Aires con los bloques de la fuente embalados. Cuando se descubrieron las estatuas desnudas que la conformaban, estalló el escándalo. Muchos la consideraron inapropiada para instalarla enfrente de la Catedral. Para acallar a los descontentos, se la emplazó en la intersección de las actuales Leandro N. Alem y Juan D. Perón. El ex presidente Bartolomé Mitre visitó, admirado, las obras. La hermosa fuente se inauguró el 21 de mayo de 1903, en presencia de una muchedumbre que, curiosa, quería contemplar la fuente del escándalo. Representaba el nacimiento de Venus (mujer nacida de las aguas), que surgía con gracia de una ostra marina, sostenida por dos Nereidas (con escamas en sus muslos, que terminan en colas de pez, enroscadas en una roca).
Por esa época recibió el encargo de esculpir una estatua de la reina Victoria, a ser emplazada en Melbourne (Australia) y del zar Alejandro I en San Petersburgo (Rusia). Sin embargo, rechazó ambas encomiendas, porque debía adoptar la ciudadanía británica o rusa, respectivamente. Se le encomendó también un busto del presidente Julio Roca, una estatua de Aristóbulo del Valle, una alegoría de la independencia, dos sobrerrelieves para la Casa Histórica de la Independencia en Tucumán y cuatro estatuas para decorar el nuevo edificio del Congreso Nacional; que representarían a los presidentes más célebres de los congresos argentinos históricos: Carlos de Alvear, Francisco Narciso de Laprida, Facundo Zuviría y Mariano Fragueiro.
En 1904 Lola volvió con todos sus encargos: el busto de Roca, las cuatro figuras para el Congreso, la estatua de Juan Bautista Alberdi, la alegoría de la independencia y los dos frisos, en bronce fundido, para la Casa Histórica. El busto de Roca quedó en la Casa Rosada y las estatuas, en el nuevo Congreso. Viajó a Tucumán para instalar las demás obras. De la alegoría de la independencia, no le gustó el emplazamiento previsto (al ingreso de la Casa Histórica). Movió cielos y tierra para erigirla en el centro de la Plaza Independencia, donde yergue hasta hoy. Para ello, hubo que desalojar una estatua del Gral. Manuel Belgrano, que ocupaba ese sitial, que se trasladó a la plaza de igual nombre, en el antiguo Campo de las Carreras. De la época data la polémica sobre cómo había que instalar la estatua: o mirando hacia el naciente o hacia el oeste (los cerros tucumanos). En la discusión terció Bartolomé Mitre, quien sostuvo que debía mirar el nacimiento del Sol y Lola, apoyada por Roca, insistía en que debía mirar hacia el poniente. Sostuvo la indomable artista: "La libertad, cual astro de la moral y la civilización de los pueblos, debe nacer con el Sol y como el que nace, jamás lleva los ojos hacia atrás, mira por tanto al infinito". De más está decir que la polémica la ganó Lola Mora, quien instaló la estatua donde quiso y en la orientación que le pareció mejor. Es extraordinaria esta escultura de una mujer que exhibe, decidida, su cuerpo hacia adelante, luego de romper las cadenas que la oprimían. Su vestimenta, mojada, se adhiere a su pecho, empujada por el viento que recibe de frente. Tiene claras reminiscencias de la Victoria de Samotracia y las obras escultóricas clásicas griegas.
Luego instaló los monumentales altorrelieves de bronce en la Casa Histórica. Uno simboliza el 25 de mayo de 1810, el otro, el 9 de julio de 1816, fechas señeras de la argentinidad. Finalmente, emplazó su magnífica estatua de Juan Bautista Alberdi en la plaza de igual nombre, donde se la puede apreciar hoy.
Las réplicas de sus esculturas en el Congreso, removidas en 1921 por la desnudez que exhibìa una de ellas, fueron instaladas en el 2014.
Durante 1905 Lola trabajó, de vuelta en Roma, en el monumento a Aristóbulo del Valle y los grupos alegóricos que iban a adornar al nuevo edificio del Congreso: la libertad, el comercio, la justicia, la paz, el trabajo y dos leones. La reina Elena de Italia la visitó en 1906 y quedó impresionada con esos trabajos. En julio retornó al Plata con esos encargos. Vivía y trabajaba en una parte del nuevo Congreso. Vándalos destruyeron el brazo de la estatua de don Aristóbulo. Lola diseñó la cuadriga que se observa arriba del ingreso al Congreso, cinceló el tintero de bronce del Senado y terminó las alegorías para el Parlamento durante 1907.
En 1908 inauguró un busto del presidente Luis Sáenz Peña en la Casa Rosada y esculpió un monumento a Nicolás Avellaneda. Se le encargó también el Monumento a la Bandera, en Rosario, que no alcanzó a concretar, salvo algunas estatuas que se colocaron recién en la década de 1990.
El 22 de junio de 1909, a los cuarenta y dos, Lola contrajo matrimonio con Luis Hernández Otero, un intrascendente empleado del Congreso, hijo de un ex gobernador entrerriano y diecisiete años menor. En el acta, Lola figura con diez años menos. La pareja nunca fue feliz y luego de cinco años su marido la abandonó. De su vida privada han corrido muchas versiones: desde que fue amante de Julio Argentino Roca, un gran admirador y protector suyo hasta que tenía inclinaciones bisexuales. Versiones que, a su muerte —sus sobrinas quemaron su correspondencia íntima—, corroborarían estos rumores. No obstante ello, su familia siempre negó ambas habladurías.
A partir de 1910 declinó su estrella. Incumplimientos contractuales de sus proveedores la llevaron a endeudarse y a hipotecar su atelier de Roma. Inauguró su monumento a Nicolás Avellaneda en la ciudad del mismo nombre el 8 de junio de 1813, en presencia del presidente Roque Sáenz Peña, el vicepresidente Victorino de la Plaza y su gran amigo Julio Argentino Roca (una de las últimas veces que se verían). Con la muerte de Roca, Lola perdería toda su influencia y los adversarios políticos del Zorro tucumano empezaron a pasarle facturas a la artista. En 1915 el Congreso decidió desmontar su conjunto escultórico tachándolos de "adefesios horribles". El diputado Luis Agote agregó: "No demuestran nuestra cultura ni nuestro buen gusto artístico". El conjunto se desmembró entre cinco provincias.
En 1917 se separó legalmente de su marido, aunque continuó firmando Lola Mora de Hernández. En 1918 la municipalidad porteña desmanteló la Fuente de las Nereidas y la mandó al ostracismo: donde se erige hoy, en la entrada de la Reserva Ecológica.
Hacia 1920, Lola abandonó, decepcionada, la escultura y se volcó a las nuevas tecnologías; se transformó en la primera emprendedora argentina. Impulsó el dispositivo llamado cinematografía a la luz, que permitía ver cine sin necesidad de oscurecer una sala. Intentó vanamente introducirlo en el mercado. También se le conocen inversiones en el ámbito ferroviario, vial o urbanístico.
En 1825 recibió otro descontento. El presidente radical Marcelo T. de Alvear dejó sin efecto la encomienda para diseñar el Monumento a la Bandera. Era la última obra encargada por el Estado. Para revertir el golpe, emprendió la extracción de combustibles con base en destilación de rocas fósiles (esquistos bituminosos). Se asoció con otros aventureros y recorrió infructuosamente las montañas de Salta para desarrollar el negocio, que resultó un rotundo fracaso y se llevó sus ahorros.
Desahuciada y con su salud deteriorada, entre 1932 y 1933 retornó a Buenos Aires, bajo el cuidado de sus sobrinas. Le costaba caminar, divagaba y perdía el conocimiento. En 1933 la Sociedad Sarmiento de Tucumán realizó una muestra a beneficio de la empobrecida artista. En 1935, restaurado el orden conservador, el Congreso le aprobó una pensión de doscientos pesos mensuales. El 17 de agosto Lola sufrió un ataque cerebral que la dejó postrada hasta el 7 de junio de 1936, cuando falleció, a los sesenta y nueve años. Sus restos se trasladaron desde el Cementerio de la Chacarita hacia Tucumán en 1977.
Así la despidió La Nación: "El decidirse por el arte ya había significado una proeza, recordemos la fecha de sus comienzos y su actuación inicial. Mujer y escultora parecían términos excluyentes. Los prejuicios cedieron, sobrepujados por la evidencia de su obra". O el diario Crítica: "Es el homenaje perenne y sincero que compensa, hasta cierto punto, la ingratitud material de los poderes públicos y la sorda hostilidad de nuestros círculos artísticos que veían en Lola Mora la expresión de gustos anticuados y definitivamente 'pasados de moda".
En su memoria, la ley 25003 instituyó, en 1998, la fecha de su nacimiento (el 17 de noviembre) como Día Nacional del Escultor y las Artes Plásticas.

(Fuente: http://www.infobae.com/2015/11/21/1771241-la-fascinante-vida-lola-mora-la-primera-escultura-latinoamericana)

JULIETA LANTERI



“Los derechos no se mendigan, se conquistan”, escribió Julieta Lanteri, y su vida fue, siempre, una expresión cabal de esa manera de entender la lucha y el compromiso cívico. Casi ningún plano de la vida pública quedó fuera de la acción decidida e incansable de esta pionera que no cejó ni un instante en su lucha por la reivindicación de los derechos políticos, económicos, sociales y culturales de la mujer. Nacida en Italia en 1873 bajo el nombre de Julia Magdalena Angela Lanteri, aún era una pequeña niña de sólo seis años de edad cuando llegó a la Argentina junto a sus padres inmigrantes. Después de vivir un tiempo en Buenos Aires, su familia se trasladó a la recientemente fundada ciudad de La Plata. Fue la primera mujer en ingresar, y graduarse, en el Colegio Nacional de la Universidad Nacional de La Plata. En 1896, con un permiso especial solicitado ante el Decano, logró entrar en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, graduándose en 1907. Fue la sexta mujer en el país en alcanzar esa meta. En esa Facultad desarrolló una intensa carrera como investigadora, especializándose en enfermedades psíquicas de la mujer y el niño. Junto a la primera médica egresada la Dra. Cecilia Grierson, fundó en 1904 la Asociación Universitaria Argentina, con el objetivo de que más mujeres accedieran a la educación universitaria. En 1906 integró el Centro Feminista del Congreso del Libre Pensamiento que se hizo en Buenos Aires, junto a otras feministas como Elvira Rawson, Sara Justo, Petrona Eyle y Cecilia Grierson, que reclamaban por los derechos cívicos de la mujer. A su propuesta, se organizó el Primer Congreso Femenino Internacional “para festejar el Centenario de la libertad argentina”, del que fue su Secretaria y en el cual actuó además como delegada de la Junta Central de la Liga Nacional de Mujeres Librepensadoras. Fundó la "Liga Pro Derechos de la Mujer" y formó, junto a Alfonsina Storni, Carolina Muzilli y Alicia Moreau de Justo, la "Liga contra la trata de blancas", dirigida por Petrona Eyle. Fundó y presidió en 1912 la "Liga por los Derechos del Niño", para que "los huérfanos no sean objeto de explotación" y "que las herencias vacantes queden a beneficio de la infancia abandonada". En 1911 la Municipalidad de Buenos Aires convocó a los vecinos para que actualizaran sus datos en los padrones, en vistas a las elecciones municipales de legisladores, llamó a que lo hicieran los ciudadanos mayores, residentes en la ciudad, que tuvieran un comercio o industria o ejercieran una profesión liberal y pagasen impuestos. La incansable Lanteri, advirtió que nada se decía sobre el sexo. Entonces se inscribió en la Parroquia San Juan Evangelista de La Boca, que era la que le correspondía por su domicilio, y cuando llegó el 26 de noviembre de ese año, día de las elecciones, y ante la sorpresa de todos, votó en el atrio de esa iglesia. Se transformó así en la primera mujer en emitir su voto en la República Argentina, 36 años antes de la sanción de la Ley 13.010 que instituyó el voto femenino. En el año 1919, se postuló a una banca en el Congreso como diputada, convirtiéndose así en la primera mujer candidata en la Argentina. Al no ser legalizada para ingresar al parlamento, organizó y encabezó en Plaza Flores el primer simulacro de votación callejera. Este meeting congregó más de dos mil personas y llamó la atención de las feministas en el mundo. A principios de 1920, el Senador Juan B. Justo la incluyó en su lista del Partido Socialista Argentino junto a Alicia Moreau de Justo. La incansable Julieta Lanteri siguió adelante en su actividad política, y fundó el Partido Feminista Nacional por el que se postuló a legisladora en varias oportunidades. En 1924, ocasión en que triunfó el socialista Alfredo Palacios, Lanteri lo siguió en cantidad de votos obtenidos. En los últimos años de su vida Lanteri vivió en la ciudad de Berazategui, cuyo museo histórico entrega anualmente la “Distinción Dra. Julieta Lanteri” a mujeres destacadas de la comunidad. Su constante lucha por los derechos de las mujeres, en una sociedad en la que reinaba el machismo, fue quizás el motivo de su muerte, luego de un confuso accidente en el que fue atropellada por un automóvil. A lo largo de las décadas, muchos historiadores e investigadores han coincido en especular que se trató, en realidad, de un atentado que desembocó en asesinato Julieta Lanteri murió 23 de febrero de 1932, a los cincuenta y nueve años de edad, en la ciudad de Buenos Aires.

(Fuente: http://www.unlp.edu.ar/articulo/2012/3/7/perfil_julieta_lanteri)