jueves, 2 de junio de 2016

JACQUELINE DU PRE


* Brahms Cello Sonata No. 2 Op. 99, Du Pré y Barenboim




* Beethoven Cello Sonata No. 3 In A Major, Op. 69. Du Pré y Barenboim


* Jacqueline du Pré junto a Iris du Pré tocando obras de Mendelssohn, Granados y Saint-Saëns 




* Concierto para Cello de Elgar, en mi, op. 85. POr Jacqueline du Pré y dirigido por Daniel Barenboim.



* BIOGRAFÍA

Jacqueline Mary du Pré (1945-1987) Nacida en Oxford, Inglaterra, el 26 de enero de 1945, es reconocida como una de las más grandes concertistas de violonchelo que haya existido.
Cuando Jackie escuchó por primera vez la música de un cello, le dijo a su madre que quería tocar “eso”. Su madre, Iris Grepp, profesora de música, dotada para enseñar a los chicos y con sobresalientes condiciones para la composición y el piano, había velado sus dones detrás del personaje de una madre abnegada pero muy deseosa de que sus dos hijas cumplieran con libertad lo que ella no había logrado.
Entonces, cuando Jackie cumplió 5 años, recibió de regalo un instrumento que casi la superaba en altura y ella lo abrazó de inmediato como a lo más querido. Nunca se separaría de ese amor. El cello y ella, un solo cuerpo, una sola persona. Y con la naturalidad con la que crece el pasto con la lluvia, tocó.
Iris escribía a mano unas bonitas partituras que componía para sus hijas. La hermana mayor de Jackie, Hilary, tocaba el violín y luego tocó la flauta con buena técnica, pero era más tímida y esforzada.
A los 6 años Jacqueline du Pré fue inscripta en el London Cello School y comenzó a ir de muy buen grado a darle forma “seria” a su veloz aprendizaje. Su hermana iba con ella sufriendo por siempre la atención absoluta que recaía sobre la cellista de la familia.
Quizás fue por esta postergación inevitable que Hilary abandonó la música cuando se enamoró de Kieffer Finzi, hijo del compositor Gerald Finzi. Con él armó una familia muy vital y se fueron a vivir al campo.
A través del cello y de obras fundamentales tales como las Suites de Bach, el concierto en Mi menor op. 85 de Elgar, Canción sin Palabras Op.89 de Mendelssohn y obras de Schumann, Saint Saens, Brahms yBritten para citar algunas de las más escuchadas, habló du Pré y seguirá hablando de una historia ligada a la pasión y quizás a la presión que significó para ella dejar de “jugar” con su instrumento para convertirse en una joven apremiada por las exigencias.
Porque lo cierto es que, a pesar de haberse casado en 1967 con el genial, brillante, polifacético pianista y director Daniel Barenboim y de llevar los dos elegidos una aparente vida colmada de bienestar, Jacqueline du Pré comienza a preocuparse mucho por ciertos signos que su cuerpo le vine anunciando. Cuando estaba en el auge de su velocidad juvenil, se había querido extirpar doce lunares que no eran malos, pero que podían llegar a serlo. Pasada la operación, despertó bien de la anestesia general, pero sufrió una hemiparesia, es decir, se le durmió el lado izquierdo del cuerpo. Como pasó rápidamente, no le dio importancia.
Mientras, el encantamiento de su sonido sobresalía en el concierto para cello de Elgar, en los dúos de Beethoven y su agenda estaba repleta por el lapso de dos años… Pero a veces se le nublaba la vista. De un solo ojo. Su oculista, un músico que también tocaba el cello como ella, la revisa y no le encuentra ninguna anomalía en el nervio óptico.
Con el paso del tiempo su atracción y carisma eran cada vez mayores. La música que producía con su cello hacía llorar al público y sobre todo su original manera de tocarlo, con los codos hacia arriba, como un ave majestuosa dispuesta a cazar la presa de una obra que cobraba vida cuando ella la “jugaba”. Sensibilidad exquisita de música sin intenciones. Musicalidad libre tocada por la varita mágica de su cuerpo fuerte, aunque magro.
Decía Barenboim para diferenciar ritmo y tempo: “el sentido del ritmo es el pulso interno y el tiempo es el del metrónomo. Ella tenía los dos. Ella era la música. Su lenguaje, sus primeras palabras, eran la música”. Y elogiaba su “rubato”. Esta palabra implica sostener algún pasaje más allá del compás, robarle tiempo a lo escrito, desacelerar a criterio del intérprete, pero siempre recuperándolo en otro momento de la partitura. Es un vértigo, es un matiz imprescindible que los músicos practican, pero además existe el riesgo de producir angustia si no se resuelve con musicalidad o se exagera su intención.
Como un trapecista que está a punto de caer y en ese segundo todo se detiene, du Pré lo lograba, inmersa en la precisión de su oído, sostenía con rebeldía sus ganas de ir contra el dogma establecido, en contra del tempo definido y predeterminado, robándole materia a la eternidad.
Jackie, quien había descubierto en la infancia un reloj que daba campanadas y lo había denunciado por desafinado en el estudio de uno de sus primeros maestros, siente abruptamente en su juventud sensaciones difusas y nerviosas. Urgencia de ir al baño, frío en las manos, las piernas pesadas y dormidas. Todos piensan que es histeria. Conversiones histéricas debidas al estrés de su profesión. Se aísla. Se enoja. No ríe más. Sus bromas comienzan a ser soeces.
No la habían dejado jugar a juegos peligrosos cuando era una niña para cuidarle las manos, pero ahora no encontraba guantes lo suficientemente abrigados para calentarlas antes de empezar a tocar.
En el Londres de los años 60 emergían los Beatles y otros grupos del mundo pop que se apoderaban del fanatismo colectivo rompiendo cánones populares establecidos por la música anterior. La TV y todos los medios estaban pendientes de ellos y aprovecharon también la oportunidad para imponer la música clásica que tuvo gran repercusión entre los jóvenes. Los conciertos de du Pré eran esperados en largas filas con la adhesión de sus “fieles”. La BBC de Londres la invitó a tocar como la mejor intérprete de cuerdas de su generación.
Ella se quita los zapatos para sentir los pies. Según dice, se le han puesto “lejanos”. Mientras ensaya, puede estar recordando anécdotas como las clases de Rostropovich a los 14 años. Se atrevió a discutirle al maestro las indicaciones sobre la sonata de Debussy. Desobedeció también al gran Tortelier que quería corregirle una debilidad del 3° y 4° dedos de la mano izquierda mediante el estudio de ejercicios. Ella sonreía y salía con la suya. Según su marido, Daniel Barenboim, siempre hizo lo que quiso. Hasta le fue infiel, se comentaba, con el pianista Stephen Bishop Kovacevich, poniendo su matrimonio al borde de la cornisa.
Su padre enferma de hepatitis y mal de Parkinson. Jackie reacciona con mucha ansiedad y preocupación. Así como contaba Yehudi Menuhin, otro genial músico precoz, que de niño sentía emociones intensísimas y no sabía como lidiar con estos sentimientos sin tocar su violín, Jackie experimenta miedo ante la posibilidad de perder a su padre y quedar abandonada. Se torna agresiva con los demás y cancela algunos conciertos diciendo que necesitaba descanso.
Un día negro, Jacqueline du Pré experimenta la imposibilidad de abrir el estuche de su cello adorado. Es demasiado. Le hacen todo tipo de estudios y finalmente le diagnostican esclerosis múltiple, una enfermedad de la que poco se sabe, pero que ataca al sistema nervioso central rompiendo la capa de mielina que cubre las fibras nerviosas. Las fibras rotas se reparan por cicatrices que impiden a las señales de los nervios llegar a destino. Sucede por brotes. A veces se detiene sola. A veces sigue su curso. En el caso de este ser excepcional, la sigue atacando y para el año 1973, a los 28 años, Jackie no puede tocar más su violonchelo.
Muere en 1987, después de haberse dedicado a la docencia y a sufrir en silencio su agonía, a veces escuchando en discos su propia interpretación, y tratando de sonreír a pesar de la rapidez de su progresivo deterioro. Peleando contra su mutismo musical y contra su soledad hasta que una neumonía le hace justicia y le permite morir en relativa paz.
(Fuente: http://www.last.fm/es/music/Jacqueline+du+Pr%C3%A9/+wiki)

* Nota sobre Jacqueline du Pré, salida en el suplemento cultural Ñ.

La prodigiosa vida breve de Jacqueline du Pré. Por Pablo E. Chacón

Casada con Daniel Baremboim, la cellista inglesa que en 1973 abandonó los escenarios por una esclerosis múltiple que la mató en 1987, a los 42 años, ha sido objeto de versiones siniestras y negocios familiares. “El mito asediado”, el ensayo biográfico de Marcela Croce recién reeditado, recorre el trayecto del estrellato a la reclusión, más allá del mito.

Jacqueline du Pré era inglesa, cellista, una intérprete prodigiosa que se vio obligada a abandonar los escenarios en 1973, a causa de una esclerosis múltiple que la mató a los 42 años, en 1987; casada con el pianista y director de orquesta Daniel Baremboim, su desaparición de la escena musical dejó un vacío semejante al enclaustramiento del pianista canadiense Glenn Gould. Marcela Croce, doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires (UBA) y música aficionada, ahora reedita El mito asediado (Simurg) su ensayo biográfico sobre la intérprete que entre sus ultimas entrevistas dijo: “Es muy difícil encontrar algo que tenga sentido”. Esta es la conversación con Ñ digital.
-Jacqueline es la menor de tres hermanos…
-Exacto, Hilary y Piers. La leyenda cuenta que Jacqueline escucha un programa de la BBC de Londres a los tres años donde se presentan instrumentos. Y cuando escucha el sonido del cello dice que quiere tocar ese instrumento. Su madre (Iris) era una pianista amateur. Había estudiado en Polonia con un maestro más o menos reconocido, y decide formar musicalmente a sus hijos. Primero a la hija mayor, Hilary. Y después a Jacqueline.
-Es en ese momento…
-Es en ese momento que detecta que su hija tiene un talento superior. Abandona todo. Y se dedica casi exclusivamente a la formación de Jacqueline (casi exclusivamente porque también prestaba atención a los adelantos de Hilary en flauta traversa). Jaqueline brinda su primer concierto en la BBC a los 12 años.
-Entonces pensás que los intereses siempre están a su alrededor.
-Y… parece evidente. Y es evidente que esos intereses existen porque se le vuelven en contra en cuanto se enferma. La madre ha dedicado toda su vida y ha sacrificado su carrera para formar a la gran estrella. Bien: la forma. Parecía que había cumplido su objetivo, pero todo se desmorona en muy pocos años. Jacqueline estudia con Pablo Casals, con Miroslav Rostropovich, toca en 1965, con 20 años, el concierto para cello de Elgar bajo la dirección de (John) Barbirolli. Se convierte en una estrella. Y En ese contexto conoce a (Daniel) Barenboim: un matrimonio brillante, jóvenes promisorios. Sin embargo, en muy poco tiempo, ella tiene que retirarse. Se casan en el 67, se retira en el 73.
-¿Cómo era la relación con Barenboim?
-Jacqueline siempre lo eclipsó. Ella tenía un reconocimiento que él nunca tuvo. Incluso hay una biografía que hizo una cellista inglesa, Elizabeth Wilson, que está escrita por encargo de Barenboim. Este recibe muchas críticas cuando Jacqueline se enferma, porque consideran que su conducta no es la adecuada, eso no lo sé ni me interesa. La sorpresa se la lleva la señora haciendo un rastreo de críticas de conciertos y giras internacionales. En los Estados Unidos, las críticas a ella son superlativas. El no. El es un pianista más. Ella es la gran figura. Y él es alguien que está su lado. Ella había tocado con directores de un nivel muy superior al de Barenboim. Había grabado con Barbirolli, (Leonard) Bernstein, (Shinichi) Osawa.
-Es reconocida muy rápido
-Du Pré es reconocida apenas la escuchan. Y a los 20 años tiene esa grabación, la de Elgar, que se ha vuelto mítica, y como tal un peligro que trato de demostrar en el libro. El mecanismo es así: está el mito, lo mostramos, los paseamos y cuando no se puede sostener, lo desbaratamos, con versiones siniestras sobre su carácter, que no están probadas por otras versiones que no sean las de sus hermanos (que dieron origen a un libro y a una película de poca monta).
-¿Y por qué esa actitud con la hermana?
-La envidia, los celos… pero yo tiendo a pensar que sólo se trata de una vocación mercantil. Los hermanos, incluso, dicen haber escrito ese libro con un ghost writer, que los ayudó un poco. Y en realidad, amigos de Jacqueline con los que he hablado, y armado una amistad por correo, como el director de cine musical Christopher Nupen, que empezó en la BBC y en 68 se independiza, él es el verdadero autor de las películas que existen sobre Jacqueline. Nupen sostiene que los hermanos vieron el filón en el momento en que se celebran los que hubieran sido los 50 años de su hermana, en el 95, cuando se hace una cena para construir un espacio musical en Oxford (ella nace en Oxford). En una noche, recaudan una cantidad de plata increíble. El libro de ellos sale en el 97. Y la película (Un genio en la familia) es del 98. Es una biopic, ese formato donde se destaca algún detalle infame, y se cargan las tintas sobre un personaje. A Barenboim lo dejan como un pobre tipo aguantando a una histérica. Pero por momentos también como alguien que desapareció cuando se dio cuenta que Jacqueline no tenía posibilidad de volver a los escenarios. Es decir, dan a entender que lo que él hizo con su matrimonio fue una sociedad musical y nada más. Esa es la versión de los hermanos.
-¿Y la tuya?
-El intento mío era hacer un ensayo biográfico. Siempre digo que mi modelo al respecto es (Jean-Paul) Sartre, sus libros sobre (Gustave) Flaubert, (Charles) Baudelaire, (Jean) Genet. Y lo planteo así: me interesaba saber qué pasa con una mujer joven que alcanzó un reconocimiento inigualable, que está en el centro de la escena musical, que era la persona que más vendía, que grababa con los grandes sellos, llenaba las salas de concierto, y de un día para el otro pasa a ser una persona que vive recluida en su casa. Porque no sólo deja de tocar sino que deja de tener contacto con el mundo, encadenada por una enfermedad que le hace preguntarse qué cosa no voy a poder mañana, siendo, además, alguien que sólo estaba preparada para tocar música. Y sin herramientas, sin recursos, tener que enfrentar esta situación. Lo que a mí me interesó reconstruir fue eso: qué pasa con alguien que ha llegado hasta ahí, y de pronto tiene que enfrentarse a la enfermedad y al derrumbe de su propio personaje.
-¿Cómo hizo Du Pré?
-Extrajo una serie de recursos que nadie esperaba que los tuviera. Ayudada también por cierta desinhibición que ‘facilitó’ la enfermedad, recursos de tipo humorístico, por ejemplo, era muy tímida. Así se da cuenta que no hay nadie que vaya a hacer algo por ella si no es ella misma. Y salió airosa, se puso a dar clases, empezó a enseñar, a mostrar cómo se usa un cello. Yo traté de escribir una biografía centrada en ella. Y tratar de pensar, en términos de relaciones humanas más o menos tipificadas, cómo se construye una figura, y cómo uno va extrayendo de todas esas fuentes lo que resulta más interesante o más verídico. La cuestión era aislar, de entre esos elementos, qué cosa funcionó cuando ella estaba en el cenit. Y luego, tratar de entender el final, del que se sabe poco y nada. En el 2007, Nupen da a conocer un reportaje con Jacqueline muy enferma. En un momento, mira a cámara y dice: “Es muy difícil encontrar algo que tenga sentido”.
-¿Du Pré es una liberal, un poco ‘colgada’, sabe que es hermosa?
-Ese un poco es el aire de la época. Yo creo que vivir en los 60 debe haber sido estar un poco obligado a eso. Y también un poco competir en ese mercado. Pensá que es el momento que en Inglaterra aparecen los Beatles, los Stones. Ella surge en 1962. Y alcanza su esplendor a partir del 67, cuando se casa Barenboim. Eso es bastante significativo políticamente, y creo que nunca se lo ha contextualizado.
-¿Cómo sería eso?
-Bueno, ellos se ponen de novios en las navidades del 66. En el 67 están en Londres. El recibe un llamado de su familia diciendo que la guerra con Egipto es inminente. Se van de inmediato a Israel. Pasan ahí la ‘guerra de los seis días’, tocando para levantar la moral de las tropas, en un gesto que es muy contradictorio con la actitud actual de Barenboim. Porque no hay que olvidarse. El estuvo tanto en la ‘guerra de los seis días’ como en yom kippur, llevando también a sus amigos: en las dos oportunidades está Zubin Mehta, que había vivido con los Barenboim. Cuando termina la guerra, se casan en Jerusalén. Aparecen fotografiados con Ben Gurion, reciben felicitaciones de Moshe Dayan…
-Entonces…
-Entonces están en medio de un conflicto atroz, celebrando su matrimonio, y me parece que nunca se vio en su verdadera dimensión el modo en que ella (o el matrimonio) fueron utilizados: como una suerte de emblema de un mundo nuevo después de esa guerra terrible que coloca a Israel en un imperialismo creciente.
-Jacqueline fue usada.
-No sería tan taxativa, pero sospecho que sí. Ella no entendía nada de política internacional. En Israel se hospedan (y la familia de Jacqueline también) en el hotel King David, que había sido un cuartel de guerra inglés. Pero ella en ningún momento dice tener formación política, una posición política. Y creo que el acto de acompañar a Barenboim a Israel es un acto de amor, utilizado por el poder israelí de ese momento. Pero también creo que Barenboim sí sabía lo que estaba pasando y lo que estaba en juego. A partir de ese momento, casado con la mejor cellista del mundo, consigue ser reconocido como un director inglés. Hasta entonces era un director extranjero y tenía un cupo de conciertos por año. Ahora no tiene esa restricción. Es director de festivales artísticos, etcétera. Estar instalado en Londres en los 60 es central para el futuro de su carrera.
-¿Su posición cambió?
-Cambió su posición, o cambiaron las circunstancias. En sus memorias, Barenboim dice que en los 60 todavía no se les podía pedir a los judíos entender las necesidades de los palestinos. No se sabe por qué. Su condición de víctimas ¿hace que no se les pueda pedir nada? Y también dice que la década del 30 fue el último período de gobiernos democráticos en la Argentina. Y considera que el peronismo trajo al país todo lo malo. Paradójicamente, Martha Argerich viaja a estudiar a Europa con una beca que le da el peronismo. Y con el tiempo, como pianista, por supuesto, adquiere un relieve que Barenboim jamás consigue. Eso sólo echa por tierra su hipótesis. Políticamente, Barenboim parece un tanto confuso.-

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